Las mejores preguntas para hacer a tus padres sobre su infancia en los años 50
Preparar las preguntas para hacer a mis padres sobre su infancia en los años 50 lleva poco más de una semana si lo haces con calma, y la conversación en sí se extiende a lo largo de dos o tres tardes. Son seis fases en total, desde que decides hacerlas hasta que guardas lo que te cuentan. Aquí va el proceso completo, con qué ocurre en cada etapa y cuánto tiempo suele pedirte.
El proceso en seis fases, de un vistazo
Antes de entrar en cada etapa, esta es la visión general. No hace falta cumplir los plazos al minuto, pero sí ayuda tener una idea de lo que pide cada fase.
- Decide el formato y el momento de la conversación, en uno o dos días.
- Elige el marco temporal y los temas de los años 50, en una tarde.
- Redacta las preguntas y ordénalas, en dos o tres días.
- Prueba el listado contándotelo a ti mismo, en una tarde.
- Ten la conversación, repartida en dos o tres encuentros.
- Guarda y comparte las respuestas, en una tarde más.
Si suma todo, desde la primera idea hasta el listado terminado pasan entre siete y diez días, y la parte humana se extiende otras dos o tres semanas si la repartes en varias visitas. Vamos por partes.
Fase 1. Decide el formato y el momento de la conversación
Antes de escribir ni una pregunta, piensa cómo va a ser ese encuentro. ¿Vas a sentaros con papel y lápiz, o prefieres que sea más bien una charla mientras preparáis la comida? Los dos funcionan, pero el resultado cambia. En un formato de sentados salen respuestas más ordenadas, casi de entrevista. En un formato de sobremesa salen más digresiones, que muchas veces son lo mejor de la historia.
El plazo orientativo de esta fase es de uno o dos días. Suficiente para decidir dónde, cuándo y de qué manera vas a preguntar. Si vives lejos, piensa también en si va a ser presencial o por videollamada, porque eso cambia la fase cinco.
Un consejo que casi siempre ayuda. Anuncia la conversación con antelación, pero no como un acontecimiento solemne. Un simple «mamá, un día de estos quiero que me cuentes cómo era tu casa cuando eras pequeña» abre la puerta sin poner presión. Muchas veces, la anticipación hace que ella misma vaya rescatando recuerdos durante la semana previa.
Fase 2. Marca el marco temporal y los temas que quieres cubrir
Con el formato claro, toca delimitar qué parte de su vida quieres tocar. La infancia en los años 50 es un mundo tan amplio que, si no lo acotas, la conversación se dispersa. Piensa en tres o cuatro bloques y apúntalos en una hoja. Por ejemplo, la casa y el barrio, el colegio, los juegos de la calle y las comidas de la familia.
Esta es también la fase en la que conviene documentarte un poco sobre la época. Saber qué era el cupo, cómo eran las televisiones o cuánto costaba ir al cine te permite preguntar con contexto, y a ellos les encanta que les saques el tema correcto. Una tarde de lectura basta.
Si todavía no tienes claro qué preguntas existen y cuáles valen la pena, échale un vistazo a la guía de preguntas sobre la infancia de tus padres en los años 50, donde encontrarás los bloques de casa, colegio y calle ya desarrollados. Este artículo va un paso más allá y te cuenta cómo convertir esas preguntas en un proceso real.
Fase 3. Redacta las preguntas y ponlas en orden cronológico
Ahora sí, a escribir. El plazo orientativo es de dos o tres días, no porque redactar cueste tanto, sino porque conviene dejar reposar el listado y volver a él con frescura. Lo que parece brillante hoy, mañana suena forzado.
Trabaja con dos reglas sencillas. La primera, orden cronológico. Empieza por lo más cotidiano, como dónde dormía o cómo olía su casa, y avanza hacia los temas más personales, como sus primeros enojos con los amigos o sus ganas de crecer. La memoria funciona mejor cuando se le da tiempo. La segunda, una pregunta por tema. Si apuras demasiado, la conversación se convierte en un interrogatorio y ahí se acaba la magia.
Conviene también preparar preguntas abiertas, de esas que empiezan por qué, cómo o cuándo. Si preguntas «¿eras feliz?», la respuesta será sí o no. Si preguntas «¿qué fue lo mejor de aquel verano?», la respuesta tarda en llegar, pero llega llena de detalles.
Fase 4. Ensaya el listado y recorta lo que sobra
Antes de sentarte con tus padres, pasa el filtro final. Léete las preguntas en voz alta y pregúntate una cosa. ¿A mí me gustaría que me hicieran esta? Cualquiera que suene a examen, que toque un tema delicado sin tacto o que ya esté cubierta por otra, fuera. Este recorte es lo que distingue una conversación agradable de una encuesta familiar.
La fase pide una tarde. Y es la que más mejora el resultado, porque de un listado de veinte preguntas pasas a uno de diez o doce, que es lo que aguanta bien una sobremesa sin agotar a nadie. Si en este punto dudas entre varias opciones, te puede venir bien la guía para elegir las preguntas adecuadas antes de la conversación, que ordena los criterios de selección uno a uno.
Fase 5. Ten la conversación, a ser posible en varios encuentros
Llega la mejor parte. El plazo ideal aquí es repartir la charla en dos o tres encuentros a lo largo de dos o tres semanas, en lugar de hacerlo todo en una tarde larga. La primera sesión abre el tono, la segunda profundiza y la tercera suele ser la más bonita, porque ya se han relajado y salen las anécdotas que guardaban desde hace décadas.
Durante la conversación, deja que se desvíen del guion. Si tu madre empieza contando la casa y acaba contando cómo fue la boda de su hermana, no la interrumpas. Las preguntas son una excusa, no un plan a cumplir. Y anota las frases exactas que te golpearon, porque la redacción original de un recuerdo no se recupera luego.
Si no podéis veros en persona, esta fase funciona igual por videollamada, aunque conviene avisar de la hora y de la intención para que no les pille de sobremesa ajenos a la cámara.
Fase 6. Guarda y comparte las respuestas
La última fase es la que convierte una charla bonita en historia familiar que se conserva. Pide una tarde. Pasa a limpio lo que te contaron, con sus palabras, y si tenéis fotos de la época, compáralas con las anécdotas. Después decide qué hacer con ello, porque hay varias opciones y ninguna es obligatoria.
- Un documento simple que compartáis los hermanos por el grupo de la familia.
- Un cuaderno que se queda en casa de tus padres y que los nietos puedan hojear.
- Un libro guiado de recuerdos que se rellena a mano, para que la historia quede con su letra y no dependa de un archivo.
Si te llama lo segundo, en nuestro libro guiado de recuerdos encontrarás más de 140 preguntas organizadas en capítulos cronológicos, pensadas justamente para que este proceso no dependa de que tú tengas tiempo de preparar cada listado. Y si lo que quieres es un método ya montado para estructurar toda la infancia, el cuestionario en siete pasos para conocer la infancia de tus padres complementa bien lo que has leído aquí.
¿Cuánto tarda todo el proceso en total?
Si lo miras de forma realista, la preparación ocupa unos siete a diez días repartidos en ratos cortos, y la conversación se extiende dos o tres semanas si la divides en varios encuentros. Es decir, en poco más de un mes tienes una historia completa de la infancia de tus padres en los años 50, contada por ellos y guardada para siempre. Nada mal para algo que habéis estado aplazando años.
Preguntas frecuentes
¿Cuánto tarda toda la conversación sobre su infancia?
La charla en sí conviene repartirla en dos o tres encuentros de una tarde, no en una sesión larga. Con eso, todo el proceso desde que preparas las preguntas hasta que guardas las respuestas suele ocupar alrededor de un mes, aunque el ritmo lo marquéis vosotros.
¿Cuáles son 10 preguntas que te pueden hacer sobre tu infancia?
Preguntas típicas son dónde vivías y cómo era la casa, con quién jugabas en la calle, cómo era tu colegio y tu profesora, qué desayunabais los domingos, qué canciones sonaban en la radio, qué te regalaron una Navidad, cuál era tu rincón favorito, cómo eran las vacaciones, qué te daba miedo y qué querías ser de mayor. En este artículo te contamos cómo organizarlas y en la guía enlazada tienes los bloques desarrollados.
¿Hace falta que yo escriba todo lo que me cuenten?
No hace falta escribirlo todo en directo, porque eso corta el flujo. Anota las frases que te golpearon y las anécdotas concretas, y pasa a limpio el resto después. Si prefieres no depender de tus notas, un libro guiado permite que sean ellos quienes escriban sus respuestas a mano, a solas o contigo al lado.
¿Puedo saltarme fases si tengo poco tiempo?
Sí, las fases uno, dos y cuatro son las que más se pueden comprimir si ya tienes claro el formato y las preguntas elegidas. Lo que no conviene recortar es el ensayo del listado ni el reparto en varios encuentros, porque son las dos cosas que hacen que la conversación fluya en lugar de sonar a examen.